¿Puede una ciudad enfermarse?

Una ciudad enferma no es un conjunto de problemas aislados. Es un sistema que perdió su equilibrio y la capacidad de cuidar la vida de quienes lo habitan.
por Tobías Giménez Hutton
Medicina del Territorio · Salud urbana · Hábitat
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Hablamos de salud todo el tiempo. De lo que comemos, de cuánto dormimos, de qué nos duele. Cuando alguien tiene fiebre o le cuesta respirar, nadie discute que algo está pasando: el cuerpo avisa, y tratamos de encontrar la causa.
Con las ciudades no hacemos lo mismo.
Vemos la calle que se inunda cada vez que llueve, la pared que vuelve a mancharse de humedad por más que se la pinte, el barrio que espera cloacas desde hace años, el abuelo que dejó de salir porque la vereda ya no lo acompaña. Lo vemos, lo nombramos, a veces lo denunciamos. Pero casi siempre lo tratamos como si fueran problemas sueltos, sin relación entre sí.
El Estado puede organizarse por áreas, pero la vida de una familia ocurre toda junta, en la casa, en la cuadra, en el viaje al trabajo.
Y entonces conviene preguntarse qué pasa cuando todos esos problemas no son hechos aislados, sino señales de un mismo sistema urbano que se viene deteriorando hace tiempo.
No es forzar una comparación con la medicina. Es recuperar una forma más precisa de mirar. Una ciudad no es solo la suma de sus calles y sus edificios. Es un entramado de infraestructuras, vínculos y oportunidades que, cuando funciona, sostiene la vida de todos los días sin que lo notemos. Cuando falla, deja a la gente a la intemperie. Y cuando se deteriora durante años, la ciudad empieza a enfermarse.
Una ciudad enferma no es simplemente una ciudad deteriorada, ni una ciudad con carencias visibles. Es una ciudad que perdió capacidad de cuidar a quienes viven en ella.
La ciudad también tiene síntomas
En medicina, un síntoma no es la enfermedad; es la forma en que la enfermedad se deja ver. Con la ciudad pasa algo parecido. Una calle anegada o una pared que transpira humedad no son el problema en sí: son la parte visible de algo que ocurre más abajo, en cómo se urbanizó ese sector, en la infraestructura que no se hizo, en el mantenimiento que nunca llegó. El síntoma se ve; la causa hay que ir a buscarla.
Los síntomas urbanos están a la vista, lo que pasa es que aprendimos a convivir con ellos. Se vuelven paisaje, rutina, algo que “siempre fue así”. Y ahí está la trampa: cuando un problema se naturaliza, deja de leerse como señal y empieza a aceptarse como destino.
Quien vive en un barrio que se inunda sabe que después de una lluvia fuerte el problema no termina cuando baja el agua: queda el barro, queda la humedad metida en las paredes, queda el miedo a que la próxima vez sea peor. Ahí se entiende que una obra hidráulica no resuelve solo el escurrimiento del agua: también puede cambiar cómo se duerme, cómo se cuida una casa y cómo se vive después de cada tormenta.
Hay algo más que la medicina enseña y que sirve para leer un territorio. No alcanza con saber que un síntoma existe: importa cuántas veces aparece, dónde se repite y sobre quiénes recae. Una vivienda con humedad puede ser un problema puntual; muchas viviendas con humedad en el mismo sector ya dibujan un patrón. Una calle que se inunda una vez es un episodio; una zona que se inunda con cada tormenta habla de una falla de fondo. Esa repetición —la prevalencia del síntoma— es la que permite pasar de la anécdota al diagnóstico.
Y un mismo problema no pesa igual en todas partes. En un área urbana integrada a la ciudad formal, una cañería que falla es una molestia que se resuelve con un llamado. En un territorio que arrastra carencias desde hace años, esa misma falla se apoya sobre otras que ya estaban, y lo que en otro lado sería un contratiempo acá se vuelve una carga fija.
A esto se le suma que la gestión urbana acostumbra mirar cada uno de estos síntomas por separado. Pero en el territorio rara vez aparecen solos. La falta de agua se mezcla con la mala vivienda, la mala vivienda con el hacinamiento, el hacinamiento con los problemas respiratorios. Cuando los déficits se acumulan, dejan de ser problemas que se tienen y pasan a ser condiciones en las que se vive: terminan organizando la vida alrededor de aquello que falta.
Por eso, antes de anunciar soluciones, hay que aprender a leer: qué falla, desde cuándo y sobre quién recae. Leer el síntoma y también la causa. Atender el síntoma sin tocar la causa no resuelve: apenas posterga.

La salud empieza antes del hospital
La idea de que la salud de las personas depende del territorio no es nueva. Hace décadas que la Organización Mundial de la Salud (OMS) viene insistiendo en lo mismo: lo que nos mantiene sanos (o nos enferma) no se explica solo por la atención médica. Pesa, y mucho, el lugar donde nacemos, crecemos y envejecemos; el trabajo, la vivienda, el ambiente en el que transcurre la vida.
Dicho de otro modo: la salud empieza mucho antes del hospital. Empieza en el entorno urbano, en la cuadra que se camina, en el agua que se toma, en la casa donde se duerme.
Nada de esto es una intuición reciente. Mucho antes de que existieran los sistemas sanitarios modernos, las ciudades industriales ya lo habían aprendido a la fuerza. Frente a las grandes epidemias del siglo XIX, el higienismo partió de una evidencia difícil de negar: las enfermedades no se propagaban solo entre los cuerpos, sino también por las condiciones de la ciudad. En Buenos Aires, la fiebre amarilla de 1871 dejó una marca brutal y aceleró una discusión que ya no podía postergarse: agua corriente, cloacas, ventilación, hacinamiento, cementerios, mataderos, plazas y vivienda pasaron a formar parte de la agenda sanitaria. Fue una tradición poderosa, aunque no siempre inocente —a veces acompañada de una mirada moralizante sobre los pobres—, pero dejó una intuición que sigue en pie: la salud pública, tarde o temprano, se encuentra con la forma en que construimos y planificamos las ciudades.
En la Argentina esa intuición tiene una raíz honda. A Ramón Carrillo, primer ministro de Salud de la Nación, se le atribuye una frase que condensa toda una tradición sanitaria: “el mejor plan de salud es agua corriente y cloacas”. Más allá de la frase, importa lo que hay detrás: la convicción de que la salud pública no cabe dentro de un hospital. Carrillo entendía que la vivienda, el saneamiento y las condiciones de vida eran parte del trabajo sanitario. En la Argentina de mediados del siglo XX, con sus migraciones internas, sus conventillos y su falta de servicios, esa comprensión cambiaba las prioridades. No alcanzaba con curar a alguien si el lugar al que volvía seguía enfermándolo.
El punto sigue intacto casi ochenta años después. Sin ir más lejos, la pandemia del COVID dejó al descubierto que no todos podían cuidarse igual: no era lo mismo atravesar el encierro en una casa ventilada y con lugar que en una vivienda hacinada, sin servicios y sin un espacio público cerca donde tomar aire. La salud dependía, también, de la forma concreta del lugar donde a cada uno le tocaba vivir.
Sin embargo seguimos discutiendo buena parte de las políticas urbanas como si fueran obras y no decisiones de salud. Tratamos la infraestructura, la vivienda y el ambiente como asuntos técnicos, separados del bienestar, cuando son la base sobre la que el bienestar se apoya. Una ciudad sin agua segura, sin cloacas ni vivienda digna no está apenas incompleta: le está quitando años y calidad de vida a su gente.
Cuando la desigualdad urbana se mide en años de vida
Nada de esto es abstracto: la salud urbana se puede medir, y la desigualdad no solo se ve en el paisaje, también se cuenta en años de vida.
En la Ciudad de Buenos Aires, estudios recientes sobre áreas pequeñas encontraron diferencias notables en la esperanza de vida al nacer según la zona: hasta 9,3 años entre las mujeres y hasta 14,9 años entre los varones en el período 2015-2017. No estamos comparando países lejanos, sino distintos rincones de una misma ciudad, a pocos kilómetros de distancia.
Una brecha así no se explica por la genética ni por el azar. Habla de condiciones que se acumulan a lo largo de una vida entera: lo que se gana, el lugar donde se vive, si hay un médico a tiempo cuando hace falta. El lugar donde alguien nace y crece no decide su destino, pero le cambia las condiciones de partida: puede hacerle la vida más llevadera o convertirla en una pelea diaria contra el desgaste.
Algo todavía más directo, aparece en los barrios populares. Un trabajo de CISUR sobre mortalidad en barrios populares permite observar esa desigualdad con crudeza. A partir del cruce entre Censo 2022, registros de defunciones del Ministerio de Salud y relevamientos del ReNaBaP, aparece una diferencia difícil de ignorar: quienes viven en barrios populares fallecen, en promedio, alrededor de los 60 años, frente a una media nacional cercana a los 71. Once años de diferencia.
Once años no son un número en una planilla. Son la distancia entre morir en plena edad de trabajar y llegar a ver crecer a los nietos. Es la forma más concreta de ver cómo el territorio termina entrando en el cuerpo.
Hay un detalle que vuelve todo más elocuente. El mismo trabajo muestra que la comparación demográfica de los barrios populares remite a estructuras poblacionales de comienzos del siglo XX: muchos chicos, muchos jóvenes y muy pocos adultos mayores. Esa imagen recuerda también la silueta de aquella Buenos Aires de conventillos sin cloacas ni agua corriente que el higienismo y, más tarde, Carrillo tenían enfrente. Un siglo después, en estos territorios, la falta de lo básico sigue acortando la vida. Cuando llegar a viejo es la excepción y no la regla, lo que tenemos delante no es solo un problema sanitario: es un problema territorial. Las ciudades están diciendo algo.

Los barrios populares, el síntoma más visible
Hay una manera de hablar que arruina el diagnóstico desde el arranque. Se suele decir “el problema de las villas” o “el problema de los barrios populares”, como si el problema fueran quienes viven ahí. Como si su existencia fuera una anomalía y la salida pasara por esconderlo o esperar a que desaparezca solo. Es un error de raíz.
Los barrios populares son el síntoma más visible de una ciudad que distribuyó de manera desigual sus condiciones básicas de vida.
Lo que se acumula ahí no son carencias sueltas ni mala suerte individual. Es una historia más larga: empieza en la forma desigual en que se desarrolló el territorio nacional y se expresa en todo lo que la ciudad formal fue dejando afuera, década tras década, decisión tras decisión. Por eso un barrio popular no es simplemente un barrio pobre; es el lugar donde se hace visible una deuda que es urbana, sanitaria y también política.
El ReNaBap le puso número y escala a esa realidad, que durante décadas se ignoró o se trató como excepción. En la Argentina hay 6.467 barrios populares registrados y más de cinco millones de personas viven en ellos. No es un caso marginal ni una foto de la periferia; es una parte enorme del país que todavía espera acceder plenamente a la ciudad.
Por eso el lenguaje importa tanto. Si decimos que el barrio es el problema, terminamos culpando a quien lo habita. Si entendemos que es un síntoma, la pregunta cambia de lado: no “qué hacemos con esta gente”, sino qué decisiones, qué inversiones ausentes y qué abandonos produjeron esto. Culpar al barrio es un mal diagnóstico, y un mal diagnóstico nos lleva a un mal tratamiento.
Diagnosticar para intervenir mejor
La gestión pública se organiza por sectores. Salud mira enfermedades, infraestructura mira obras, vivienda mira viviendas. Sirve para administrar, pero se queda corto a la hora de entender cómo se vive de verdad.
En los años de trabajo en integración socio urbana esa lógica aparece una y otra vez: cuando el agua, el saneamiento, la vivienda y el espacio público fallan al mismo tiempo, el problema deja de ser sectorial y se vuelve vital. Un territorio así no se recupera con respuestas fragmentadas; necesita tratamientos integrales, ordenados por prioridad y sostenidos en el tiempo. La integración socio urbana, cuando se hace bien, va en esa dirección. No es solo abrir calles o colocar caños, es devolverle a un sector de la ciudad la capacidad de cuidar a su gente.
Mirar el territorio como un sistema no sirve para hacer diagnósticos eternos ni para reemplazar la acción con análisis. Sirve, justamente, para intervenir mejor y reducir el margen de error. Para evitar que una intervención a medias gaste recursos, genere frustración o deje el problema casi igual que antes. Tampoco es quedarse quieto esperando el dato perfecto; muchas veces se diagnostica mientras se interviene, corrigiendo sobre la marcha. Lo que no se puede es intervenir a ciegas.
Una mirada para volver a cuidar la ciudad
Todo esto nace de una convicción sencilla: para transformar una ciudad, primero hay que aprender a leerla. Leer sus síntomas visibles y sus dolores acumulados, las zonas que quedaron sobrecargadas y las que quedaron abandonadas. Pero también leer su potencia, porque una ciudad nunca es solo carencia: es comunidad, trabajo y una enorme capacidad de volver a levantarse.
La mirada médica sobre el territorio no vale como adorno. Sirve si ayuda a ordenar la acción pública: si permite distinguir un síntoma de una causa, una urgencia de un problema de fondo, una reparación de superficie de un tratamiento que va a la raíz.
Si una ciudad puede enfermarse, también puede aprender a mirarse de otro modo: reconocer sus síntomas, entender sus causas y actuar antes de que el daño se vuelva una amenaza. Ese trabajo no siempre empieza por la obra más grande ni por el anuncio más vistoso. A veces empieza por el agua, por abrir una calle, por una plaza que vuelve a juntar gente, o simplemente por escuchar al barrio antes de decidir por él.
Lo que cambia, en el fondo, es la mirada: dejar de ver problemas sueltos para empezar a leer sistemas; dejar de medir solo obras para empezar a medir condiciones de vida; dejar de creer que la salud empieza en el hospital para asumir que empieza mucho antes.
De esta mirada nace Medicina del Territorio: una forma de leer los síntomas de la ciudad, entender sus causas y actuar sobre las condiciones que cuidan o deterioran la vida.
Porque una ciudad que deja de cuidar no vuelve a hacerlo sola, ni por inercia ni por indiferencia. Por eso la pregunta de fondo no es solamente ¿qué ciudad queremos construir?, sino ¿qué ciudad es capaz de cuidar mejor la vida de quienes la habitan?.
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Quiero dedicar este artículo a mi abuelo, José "Pepe" Tagliafico, médico sanitarista. De él aprendí que cuidar la salud de una persona implica también mejorar las condiciones del hábitat y la ciudad en todos sus aspectos.
Referencias principales
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Secretaría de Cultura de la Nación. “Ramón Carrillo, el primer ministro de Salud de la Argentina”. Argentina.gob.ar, 2021. Disponible en: https://www.cultura.gob.ar/ramon-carillo-el-primer-ministro-de-salud-de-la-argentina-10215/
Trotta, A. et al. “Spatial Inequities in Life Expectancy in Small Areas of Buenos Aires, Argentina 2015–2017”. Journal of Urban Health, Springer Nature, 2023. Disponible en: https://link.springer.com/article/10.1007/s11524-023-00730-1
Storch, Guillermina, et al.. “Once años menos: desigualdad en la vida y la muerte en los barrios populares”. CISUR, 2025. Disponible en: https://cisur.ar/once-anos-menos-desigualdad-en-la-vida-y-la-muerte-en-los-barrios-populares/
Registro Nacional de Barrios Populares — ReNaBaP. Argentina.gob.ar. Disponible en: https://www.argentina.gob.ar/obras-publicas/sisu/renabap
Secretaría de Integración Socio Urbana — SISU. Giménez Hutton, Tobías et al. Construyendo una política de integración. Documento de gestión, 2023. Disponible en: https://www.tobiasgimenezhutton.com/publicaciones/construyendo-politica-integracion
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Sahasranaman, Anand; Jensen, Henrik Jeldtoft. “Spread of Covid-19 in urban neighbourhoods and slums of the developing world”. arXiv, 2020. Disponible en: https://arxiv.org/abs/2010.06958
